Rojo Vivo

2017 – 18

PinturaDibujos y bocetos – Textos


A mi ego le gustaría decir que los personajes que pinto y los árboles y las ramas y las hojas y los tallos y las plantas, que al fin conforman el bosque, son lo que yo quiero que sean. Decir que soy yo quien tiene la voz y domina la situación. Eso es lo que a mi yo narcisista le gustaría que fuese. Pero, más bien, son las escenas que pinto las que me dicen lo que yo puedo ser. Y, las pinturas son aquello que alcanzan a decir a los demás. 

La labor de consciencia absoluta es agotadora al mismo tiempo que castradora. Por esto busco momentos de vaciamiento, de distancia sobre el discurso racional y juego a pintar como si no fuera yo quien pintara, como si la tela fuera manchada por otra persona. Pintar, así, lo que no es mi vida, pintar mi vida sentida por otros. 

En esa coyuntura, no soy yo quien da una pincelada, es un adolescente inconsciente y visceral, lleno de vitalidad quien pone un rojo intenso o bien un pintor expresionista que busca sinceridad en la extroversión espontánea, o acaso un artista geométrico que cuadricula el espacio para reafirmarse en el número.

En cualquiera de los casos, en este proceso de quebrar mi discurso habitual, lo obvio en mí, aparece un rasgo ilógico, una paradoja, ya que, en cada pincelada de ese otro pintor, que goza de autonomía, se percibe la consciencia de las convenciones artísticas y las condiciones históricas y no me desagrada. Me encuentro con la dificultad de alejarse de uno mismo.

Parafraseando a Borges y su narración En busca de Averroes en el Aleph, el personaje que pinto en el bosque, que no soy yo, es un símbolo del hombre que soy. Y para poder pintarlo yo tengo que ser ese hombre y para ser ese hombre tengo que pintarlo. En el momento en que dejo de creer en tal simbiosis el hombre desaparece y, por lo tanto, yo también. 

Esta argucia proyectiva, que mira en el subconsciente, me trae la sensación de libertad. En esos momentos, anhelo que ese otro que soy yo me diga algo sobre mí mismo. E imagino atrapar aquello de mi otro yo que me permita ahondar sobre quien soy en la deriva del personaje que realiza la acción, que en los cuadros camina, corre, cae, que está emboscado o perdido, que porta un fardo, que lo entrega a otra persona, etc.  

En el deseo de entrever diferentes procesos de subjetivación aparecen esos actos que, aun surgiendo de lugares desconocidos, bajo circunstancias ajenas, culminan en algo que me conforma, donde, al fin, aparecen naturalezas próximas a los trabajos que he desarrollado en el tiempo.

En el disfrute de libertad, a lo largo del proceso creativo, por no saber quién soy, ni qué quiero pintar, y muy posiblemente sin darme cuenta, tal vez vaya dejando un rastro de inestabilidad, de transitoriedad, de cambio o de no permanencia de la vida. Desde mi interior, emerge la sensación de incapacidad para retener los sentimientos y experiencias que la atraviesan, que fluyen a través de ella, aunque la vitalidad del color rojo quiera aparentar lo contrario y el predominio del dibujo sobre las armonías de color intente racionalizar esos augurios.

Y me pregunto por la memoria y el recuerdo, por el estar perdido en el bosque y confundido en el paisaje, símbolo de nosotros mismos, con el que nos remitimos a un sistema de valores, que nos acoge y define, que es un hecho cultural. Porque la naturaleza es otra cosa.

Y, otra vez las preguntas, 

¿cómo podemos acercarnos a lo natural a través de lo cultural?

El joven pintor se ríe y tira un bote de pintura sobre el lienzo.

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