El estado de las cosas

1987 – 89

Pinturas – Dibujos y bocetos – Textos


Desde que vi la película El estado de las cosas de Win Wenders estuve obsesionado por su temática y forma de mirar. De nuevo, perseguía la obsesión de acercarme a la realidad y me propuse, al menos, indagar qué veía y sentía ante su experiencia. 

Como no tuve ninguna revelación en mí huida al desierto, quise tantear si había historias concretas que contar, por ejemplo, representar un objeto, sentir si el objeto desnudo se presentaba ante nosotros y hablábamos de él sin reglas que ahogasen la impresión y el impulso creativo. 

Al mismo tiempo, me interesé por conocer si aquello que disponía en el lienzo eran ideas preconcebidas o verdaderas impresiones espontáneas del estado de las cosas en un preciso momento. 

Y, para dar forma a esta experiencia, lo más cercano y simple que encontré fueron las plantas y flores que siempre adornaban mi casa y la fruta que comía. 

Después de un vehemente trabajo, nunca creí llegar a conocer nada de lo que aparecía ante mis ojos. Sólo la intuición desarrollada en el cuadro construía mi objetividad entre el caos de impresiones. Y, entonces, para dar constancia de ello, puse unas cortinas desconfiando de la forma de registro, cuestionando la narración. Telón que alejaba el objeto, que lo subía al escenario haciéndolo foco de atención y sin otro actor que se interpusiera para, así, obtener una visión limpia. Esta atmósfera, huérfana de cualquier otro dato, advertía de un desplazamiento y proponía indagar ese mismo espacio vacío que quedaba entre el velo y el objeto. Lugar de lo que se omite, de lo que no se puede decir. Terreno de la ambigüedad, donde las relaciones entre las cosas se tornan valiosas frente a lo oculto.

Las flores se marchitaron, la fruta se pudrió y los elementos solitarios frente a la nada hicieron mutis por el fondo, superficie que se transmutó en cortina y los telones en ventana.  Desaparecieron los objetos y se detuvo el tiempo. Pero, la persistente presencia del cortinaje preguntaba qué pasaba con el juego de la representación, si toda la parafernalia de aquel montaje, al fin, ofrecía algún conocimiento. La realidad se me escapaba entre dudas.  Y, sin embargo, a pesar de todo, seguí creyendo que en la pintura aparecía el mundo o, al menos, un fantasma en una obra inconclusa, nuestro incesante afán de conocer.


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