El árbol de la ciencia

1989 – 90

PinturasDibujos y bocetos – Textos


El arbóreo jarrón de flores secas dio paso a solitarios pinos de tronco esbelto, a robustas encinas y escuálidos almendros. Me serví de sensaciones provenientes del instinto que afloraban subconscientemente y dándole al árbol el vigor del símbolo quise ir más allá del alcance de la razón. Sabiendo que, dada mi forma de trabajo, siempre estaría allí la representación como rastro del mundo empírico.

Me vi superado por el ingente simbolismo del árbol que aturdió e intimidó a la simple y vieja encina que muele el viento, sin fin y sin deseo, y mira de frente la soledad inmensa de la realidad. 

A pesar de la abrumadora potencia imaginaria del árbol, que conocemos o presentimos, todos los sentidos viables no son más que posibilidades; y mis árboles otros en la inmensidad, que no van más allá de la búsqueda de lo personal y de la sencillez. Tal es así, que me identifiqué con el solitario árbol y sentí tal aproximación como un posicionamiento frente a la sociedad, como una toma de conciencia de mí mismo. 

Comprendí que, para distinguir lo que de verdad nos trae el símbolo a la conciencia, solo podemos hacer caso a nuestros sentimientos más íntimos. Pero, hemos de llevar cuidado, si bien podemos reconocer una señal del símbolo, la afirmación rotunda de su significado lo aniquila. El símbolo actúa sobre nuestra conducta, no para movernos a hacer, sino, más bien, para indicarnos qué senderos recorrer para actuar. Por esto, a pesar de mi identificación personal, sentí que ese árbol, realmente, no era yo, no eras tú, sino que era la expresión de lo que presentimos y no conocemos. De este modo, siempre podremos mirar al árbol y esperar que nos diga algo nuevo.


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