Incendios

1994 – 95

PinturaDibujos y bocetos – Textos


En el verano de 1994 vi, impotente, como un feroz incendio calcinaba, durante días, cientos de hectáreas de monte y recorría decenas de kilómetros por las provincias de Albacete y Murcia. Era el monte por el que a menudo caminaba, cerros entre los que me perdía, diferentes parajes por donde daba rienda suelta a mis deseos de encuentro con la naturaleza, por donde vagaba mi espíritu con apetencia contemplativa.

Unos días antes del desastre había estado paseando por el Bayo y alrededores, una frondosa zona cercana a Calasparra por la que pasa el río Segura. Volví pocos días después del pavoroso incendio y, ante la catástrofe, me invadió una sensación de pérdida y desesperanza. El extraño silencio del paisaje y tanta desolación se tradujo en rabia y tristeza, en una gran frustración, ira e indignación. No reconocí aquel paisaje, no sabía dónde estaba, con incredulidad deambulé por un fantasmagórico horizonte y ante tanta devastación me estremecí lleno de orfandad.

Sin embargo, aquella insólita visión también me causó una contradictoria inquietud. Hollando aquella sedosa alfombra de nieve negra, viendo mis huellas en la ceniza, no pude evadirme de la mirada estética y descubrí, junto a la ruina, una no tan desconocida belleza. Vi el fuego como destructor y creador al mismo tiempo, un elemento amoral de la naturaleza, entidad que tampoco es un paraíso idílico, sino que, por el contrario, es un ámbito donde predomina el sufrimiento, el dolor y la muerte.  

En el lienzo extendí un rojo intenso contrapuesto al negro, la denuncia de la nefasta intervención humana en la naturaleza estaba ahí, era lo obvio. Y, aunque tal acción fuera necesaria, necesitaba franquear la evidencia. Debía experimentar otras combinaciones para denotar la contradicción simbólica del fuego como origen y final; rojo y negro, aparecieron, una y otra vez, pero con nuevos matices. A pesar de saber que amor, muerte y fuego se unen desde la más antigua tradición, me intrigaba la ambigüedad de significado, la  reconciliación de génesis y aniquilación que se fundían para crear un presente perpetuo. En algunos cuadros, presintiendo que tanto el fuego como el amor encarnaban la ensoñación de la unidad, los encerraba en un círculo.  El trabajo en el estudio me hizo reconocer que ambos elementos logran en un instante trascender la condición humana, sugerir el deseo de cambio y atropellar el tiempo queriendo llevarlo a un final, empujándolo hasta un más allá, hacia un goce metafísico. 

 Con el paso de los días advertí que debía atravesar el fuego, arquetipo de lo fenoménico. Dibujé el fuego en la lejanía y aparecieron las humaredas, no hay fuego sin humo. Nada mejor que el humo para ocultar el fuego. Y me aleje aún más incrustando sobre la negritud de la humareda una retícula roja de racionalidad ilógica que lo sustituía. Inevitabilidad de la ceniza, persistencia del cambio. Apoderarse del fuego. Extinguir el fuego. Prometeo y el deseo de conocimiento.

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