Exploraciones iniciáticas

1980 – 82

Si la vida es un camino que se recorre en el tiempo para encontrar su sentido y su justificación (o para no perderlos), la obra de un artista se despliega a lo largo de los años en un proceso de aprendizaje y evolución, persiguiendo, con una lógica muchas veces inconsciente, la autenticidad de lo genuino, sin imposturas ni autocomplacencias.

Este caminar, así concebido, tiene mucho de lucha, de un debatirse constantemente, como la vida misma, enfrentando las limitaciones personales, las imposiciones materiales y los abismos inherentes al propio proceso de creación artística.

En un primer momento, el aspirante a artista, como los niños, ha de aprender el lenguaje de las artes: su morfología, su sintaxis, su semántica…y su historia. Esta tarea iniciática tiene tal peso que, de alguna manera, pasará el resto de sus días, si no olvidándolo, empeño imposible, sí, al menos, combatiendo por excederlo, por forzar sus límites y ampliarlos.

Pasé por el inevitable aprendizaje escolar de paisajes, bodegones, copias académicas de estatuas, experimentos cubistas y ensoñaciones surrealistas; pero, lo más importante fue que, en esos iniciales análisis formales y expresivos, tomé conciencia de la dimensión que para mí tendría la labor artística en lo sucesivo y, de paso, tuve el encuentro con la primera manifestación de algo inequívocamente mío. 

Se trataba de unos dibujos regidos, en influencia mutua, por el azar y la libertad, que llamé “brownoideos” -término que tomé prestado de la Rayuela cortazariana- y que remedaban el deambular errático de los personajes por las calles de París. Movimientos aleatorios, interminables dibujos sin sentido aparente, que al fin se concretan, sin el intermedio del propósito consciente, en una iluminación: ilustración de las fuerzas poderosas que ligan a los amantes; las mismas fuerzas que unen a los vivientes con la Vida.

Esta etapa de investigación formal, técnica y teórica desembocó en trabajos inspirados en imágenes románicas, cuyos valores pictóricos -sencillez, contundencia y expresividad- me resultaban admirables y que yo deseaba conseguir. Esquematicé para tal fin aún más esas figuras sintéticas, convirtiéndolas en manchas casi planas en las que se adivinan grupos de personajes dialogando o parejas mostrando su sexo -imágenes tópicas de juventud, reflejos de un tiempo vigoroso de camaradería y grandes amistades.


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